Sus esculturas parecen más antiguas que la memoria y, al mismo tiempo, habitan ya el futuro.
Bajo sus manos, el mármol parece perder su certeza. Se curva, se abre y se eleva hasta que el peso da paso al movimiento, y la ausencia se convierte en parte de la forma.
Sus esculturas parecen existir más allá de cualquier lugar o relato concreto. Aparecen como signos, fragmentos o recipientes de un lenguaje desconocido… lo bastante abiertos como para sentirse universales, y sin embargo resistentes a toda explicación.
Guino no impone una forma a la piedra. Parece escucharla, seguir sus tensiones, sus límites y sus posibilidades, hasta que emerge algo que da la impresión de haber estado allí desde siempre.
Lo que permanece no es el peso de la piedra, sino la extraña sensación de que algo ha sido liberado.